viernes, 23 de noviembre de 2007

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Dejaba caer sus pasos en la arena como quien deja desgranarse a un reloj. Como quien deja que el tiempo fluya, lento pero seguro, inexorable.

Paso a paso, revoloteaba entre sus pensamientos, entre todo y nada, dentro y fuera de sí misma. Pasando poco a poco, a fusionarse con la naturaleza que le hablaba con el vocabulario de lo eterno, a golpe de olas. A golpes de Mar. Ese agua ancestral que lo había originado todo y era madre de todas las cosas vivas.

Su cántico arrullador le ayudaba a sentirse en calma consigo misma.
Pero esa vez era diferente.

Su corazón y el mar cantaban al mismo ritmo.

La armonía y ella eran uno.

Concreto y universal.

Ella y la naturaleza.

Un todo.



Todos somos gotas del mismo mar. Y al mismo tiempo, somos eso, gotas. Únicos.


-- ¿y por qué la calma siempre aparece cuando menos te la esperas? --


2 comentarios:

Jei dijo...

igual si la esperas ni siquiera la reconoces ;-)

muchas gracias por tu abrazo (para nada cutre), me lo guardo, ok?

muáaaaaaaaasss!

:)

Kichiaya dijo...

¡Qué calma y tranquilidad cuando paseas en soledad por la playa, oyendo las olas del mar batir contra las rocas!